Ayudar a las personas es algo gratificante. Recuerdo varias ocasiones que llegaba a La Prensa y había personas con aspecto humilde, dicho sea con todo respeto, que esperaban en la salita, otros estaban sentados en la banqueta, les preguntaba.

¿Ya lo atendieron, necesita algo?

No fueron pocas las veces que me respondieron

-Dice el señor policía que no hay periodistas.

En broma les contestaba

-Ah pues ya hubiera ido aquí a la vuelta a El Universal y el Excelsior, aquí a media calle en el Milenio hay un montón, ellos reían ante la broma.

Luego los invitaba a pasar. Simpre hay tiempo para una conversación.

Eran casos de abusos policiales, trabajadores de limpieza del Metro a quienes, pese al poco pago, les retrasaban el depósito.

Personas que incluso habían viajado desde algún estado de la República sólo para hallar eco a su voz, un hombre que fue arrollado por un trabajador de Pemex, que se cambió el nombre y así la justicia no pudo cobrarle al responsable, mientras esta víctima deambulaba por el país, ya sin trabajo, sin familia, sin sustento y con una pierna llena de tornillos; porque ganó la demanda, pero a un fantasma.

Una abuelita a quien el crimen organizado le ocupó la casita y el enorme predio en Tláhuac, más la denuncia no avanzaba y ella con un cáncer avanzado sufría pensando en su suerte.

En ese escritorio que ocupé por tres décadas cayeron lágrimas, tristezas, miles de documentos e historias.

Había quienes tenían todo un legajo de papeles, pruebas del abuso de la autoridad y el retraso de la llegada de justicia por culpa de ineptos en la cadena jurídica o por billetazos a diestra y sinistra y, en el peor de los casos, por venganzas políticas o policiales.

Una madre que buscaba sacar a su hijo de prisión antes que muriera, como su yerno meses antes habia fallecido en una penal de Hidalgo.

De ese, decían que estaba metida la mano del gobernador y jefe policiaco del estado para mantenerlo prisionero, todo por un crimen ocurrido en el bar donde él estuvo y pese a que peritajes demostraban que no se confirmaba la posición victima victimario.

Un trabajador de la contrucción que, al viajar en micro este frena intempestivamente y en la caida le lastima la cintura, al grado de quedar imposibilitado de trabajar y sin que la línea se hiciera responsable.

Mujeres cuyos maridos les arrancaron a los hijos, pero como no se configura el delito de robo de infante y únicamente es una sustracción había que llevar un juicio muy largo, donde era evidente que prevalecía el dinero, los abogados y el tráfico de influncias tanto en la Ciudad de México, aunque peor en el Estado de México.

Los extraviados eran otro tema recurrente niños, niñas, adolescentes, jovencitas, mujeres adultas y viejitos.

Todos con una historia que siempre estuve dispuesto a escuchar, aunque lo único que pudiera hacer fuera transcribir contarlo todo, hacer un llamado a las autoridades, con la esperanza de que hallaran solución.

Algunos fueron cosas que me llenaron de satisfacción. Ese día por la tarde llegaron dos hermanos, si consanguinea con una discapacidad para comunicarse había salido y en un descuido se perdió, me llevaron la foto e hice una nota que el editor pudo meter por ahí en un pequeño espacio, además me los llevé a un programa que tenía en ABC radio y ahí contaron su historia.

A la mañana siguiente alguién les llamó, era el mesero de un restaruante de avenida Lázaro Cárdenas, había visto la publicación  y a su parecer coincidían rasgos y ropa de la chica a quien llamó a señas y le ofreció de comer.

-No la deje ir, vamos para allá, respondieron los hermanos, entonces no había celular para una foto.

Y se hizo la felicidad, era ella, que al verlos corrió a ellos, abrazaron al mesero y lloraron todos; luego pasaron a verme para agradecer el apoyo. Cada año me llamaban en el día del cumpleaños de la chica, para agradecer una vez más eso que para ellos fue un milagro.     

No fueron pocos los que regresaron para darme la mano, ofrecer algo porque nadie siquiera los había ecuchado, pero siempre les respondía.

-Muchas gracias, a mi ya me pagan por estar quí, por escucharlo ya estoy ganando, así que agradecidos se marchaban y luego me mandaban a sus conocidos.

Decían:

-Vaya con el señor De Marcelo a La Prensa, ese periodista si le resuelve, así que seguido tenía alguien que me buscaba en esa vieja recepción de Basilio Badillo 40 (hoy un set de grabaciones).

Lo que nunca desairé fue algo de comer, me llegaron a regalar mixiotes, barbacoa, carnitas de todo lo que imaginen, hasta un hombre que recortado de presupuesto, pero agradecido por que se resolvió su caso, me llevó unos platanos ya muy maduros que, claro, acepté de corazón. Y me los comí.

Estas cosas rompen el corazón, tal vez por eso periodistas como Venus Díaz a veces, y luego de rascar en su monedero, andaba por los escritorios en busca de un préstamo para darle a los denunciantes para su pasaje, ya luego ella pagaría, algunos le decíamos:

-No te va alcanzar para todos, pero ella no escuchaba les daba algo para que se ayudaran.

Lo triste de todo es cuando pasaban los años y regresaban con el mismo problema sin resolver

En la busqueda de personas lo peor es recibir esa llamada llamada donde dicen ya lo encontramos… pero muerto. Ya les contaré esa parte en la búsqueda de personas que inicié con el caso de Dianita Cortés Carrizales, hace unos 30 años, un caso de desaparición que sigue inconcluso.

¿Quieres enviarme una denuncia? antoniodemarcelo@gmail.com

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