Por: JAFET RODRIGO CORTÉS SOSA

De pronto, fue como si navegaran todos a ciegas, un inmenso mar repleto de criaturas que se volvieron extraños seres, ante esa penetrante oscuridad que nos inundaba por completo.

Entre siluetas submarinas, la gente empezó a tropezar consigo misma; una desconocida ansiedad se apoderó de sus cuerpos que tecleaban las pantallas de sus móviles en busca de una respuesta; y el temple de aquellos reacios marineros, fue lo que les hizo salir a flote, sintiéndose cómodos ante la situación que ya habían vivido antes, rescatando viejas formas de comunicarse con sus iguales, que les trajera un poco más de luz.

El gran apagón que sufrieron dos de las redes sociales con más usuarios a nivel mundial y la aplicación de mensajería más grande del planeta, nos mostró los gruesos grilletes que tenemos pegados entre las manos y los dispositivos móviles, así como la profunda dependencia a los constantes estímulos que recibimos de estas.

Una adicción a la vista del mundo, porque en sí, muchos respondieron como adictos, presentando ansiedad, desánimo, irritabilidad y quizás otras molestias que ellos mismos no comprendían. Síntomas de una abstinencia digital.

Esta problemática, algunas personas la mitigaron parcialmente descargando otras aplicaciones como TikTok y Telegram buscando que les satisficiera en su deseo o necesidad por comunicarse; otros encontraron un harem de información en Twitter, red social que se convirtió en el Oasis en medio del desierto que se formó frente a todos.

Otros más desempolvaron medios para comunicarse, volviendo a enviar mensajes por SMS y forzando a muchos a llamar por teléfono, una actividad demasiado personal para algunas personas que se sienten más cómodas en la impersonalidad del texto.

Sin darnos cuenta, olvidamos cómo vivir sin redes sociales. Nos fueron dominando poco a poco, entre actualizaciones y estímulos continuos, fortalecidas por la crisis sanitaria que nos obligó a estar en casa, permitiéndoles aferrarse con más fuerza a nuestros días.

El contenido y la dependencia nos hizo pasar más tiempo inmersos en la red, y a cambio, las grandes empresas que las controlan crearon un pequeño apartado gráfico que nos indicaba cuántas horas pasábamos a la semana adentrados en su mundo, como un medio de limpiar hipócritamente sus conciencias.

Lo esencial se volvió invisible en redes sociales. Ya no era importante utilizarlas como una herramienta para estar cerca de nuestros seres queridos, una plataforma para informarnos y para expresar con libertad nuestro pensamiento como iguales; se convirtió en una forma de buscar aprobación, para viralizar el ego, un espacio donde lo normal era ponernos de una a mil máscaras al día para aparentar vidas que no tenemos, ocultando crisis que sí tenemos.

Dejamos de tener el control de nuestro consumo y las plataformas cada vez con más precisión nos sugerían videos o imágenes para engancharnos dos o tres horas más visualizando su contenido.

Este respiro les terminó costando más de 5 mil millones de dólares, y después de la extrañeza con la que enfrentamos en un principio la situación, el apagón se tradujo en una sana desconexión para muchos.

Acallaron las alertas cada cinco segundos, las notificaciones incansables; pudimos volver al mundo y observar cuánto tiempo tiramos inmersos en redes sociales; incursionamos un viaje en el tiempo, a aquella primera década del siglo XXI en el cual estaba iniciando apenas toda esta revolución. Un sano y muy merecido silencio.

Hay personas que no supieron qué hacer con ese silencio; lo tuvieron entre sus manos y no averiguaron cómo utilizarlo, entre sus ansias de volver al caos virtual desatado en redes sociales; otras personas aprovecharon esta pausa para disfrutar de ese mutis y reconectarse con lo esencial.

Como debimos de esperar, no se terminó el mundo. La vida siguió como lo ha hecho antes de las redes sociales y los medios de comunicación instantánea; la vida siguió y seguirá como siempre lo ha hecho, quedando en nosotros adaptarnos al ahora, sin perder de vista lo que realmente es importante, el tiempo que invertimos en el mundo real, en aquellos besos y caricias que podemos sentir; en aquellas risas y suspiros que se vuelven tacto, que nos abrazan; aquel mundo que siempre ha estado ahí, esperando a que nos desconectemos para volvernos a conectar.

Datos del autor:

Licenciado en Derecho por la Universidad Veracruzana

Consultor Político y de Comunicación/ Humanista/ Escritor y poeta/ diletante de la fotografía.

Xalapa, Veracruz; México / Twitter e Instagram: @JAFETcs / Facebook: Jafet Cortés

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